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Una cálida mañana de 1881, un judío nacido en Lituania llegaba al antiguo
puerto de Jafa, Palestina, que en ese entonces no era más que una provincia
perdida en los confines del Imperio Otomano. Aquel hombre se llamaba Eliezer Ben-Yehudá
y traía consigo un proyecto que había acariciado durante mucho tiempo: hacer del
hebreo un idioma de uso cotidiano y difundirlo entre los habitantes del futuro
estado judío. Para Ben-Yehudá, era imposible hablar de la creación de un hogar
nacional para el pueblo judío si no se restauraba su idioma nacional. Ese
visionario sostenía que "hay tres cosas grabadas con letras de fuego en la
bandera de cualquier nación: una tierra, un idioma y una cultura nacional". Sin
embargo, la tarea no iba a ser fácil. El hebreo había quedado rezagado frente a
dos mil años de descubrimientos tecnológicos. Hasta aquel entonces, el hebreo
había sido una lengua confinada a los recintos de las sinagogas y de las
universidades. Era una lengua fosilizada. Por aquella razón, los
obstáculos que tuvo que sortear Ben-Yehudá para llevar a su empresa a buen
término fueron enormes y se presentaban a cada paso. ¿Cómo iba a ser posible
hacer del hebreo una lengua viva si faltaban términos de uso diario? No había
lápices con los que escribir, ni bicicletas en las que andar, ni toallas
con las que secarse. ¿Quién querría hablar en el que había que decir "carro de
hierro que viaja en las vías" para referirse al tren? Para resolver este
problema, Ben-Yehudá creó el comité de la lengua hebrea en 1890. Muchas de las
soluciones propuestas por dicha institución, como las que veremos en esta nota,
son una muestra cabal de que esa lengua milenaria logró adaptarse con éxito a
las exigencias de este siglo.
Ya que, como hemos dicho, el obstáculo más grande con que se enfrentó Ben-Yehudá
fue la falta de términos de uso corriente, era imperiosa la necesidad de acuñar
términos nuevos. Para resolver ese problema, se acudió en principio al arameo y
al árabe, que como el hebreo son lenguas de origen semítico y que, por lo tanto,
son parientes muy cercanas de éste. Por ejemplo, al combinarse voces arameas,
surgieron palabras como temanún -pulpo- que no es más que un calco
estructural del griego oktopus (okto/temaniá: ocho + topus/nun: brazos).
Muchas palabras no resistieron la supervivencia del más apto. Ese fue el caso de
sasrajok -teléfono-, un calco del inglés (tele/rajok + phone/sas: voz).
En realidad, resultó más provechoso adoptar el vocablo telephon, ya que
de éste surgió el vocablo letalphen (telefonear). Acuñar un vocablo para
la palabra tomate generó grandes polémicas: los miembros más conservadores del
comité habían propuesto ahuviá (proveniente del verbo , por
analogía entre la forma del tomate y la del corazón) y se negaban a aceptar
agvaniá, el término propuesto por los más progresistas, ya que provenía de
aguevet, sífilis, por analogía entre el color del tomate y el de los
órganos genitales cuando se tiene esta enfermedad.
Por otro lado, hubo términos que además de ser calcados, sufrieron
adaptaciones culturales; eso fue lo que pasó con "vaquita de San Antonio": se
calcó "vaquita", y como San Antonio no se encuentra entre las grandes
personalidades del judaísmo, se lo reemplazó por Moisés, con lo que quedó
parat Moshé Rabeinu. Cabe agregar que se reincorporaron al idioma, pero con
distinto significado, muchas palabras de la Biblia que habían caído en desuso:
jashmal, que en hebreo antiguo quería decir refulgencia, hoy en día
significa electricidad.
La incorporación al hebreo de palabras de origen latino es un fenómeno que
merece un capítulo aparte. Primero surgió como necesidad: se adoptaron
vocablos extranjeros siempre y cuando fuera necesario. Es más, se naturalizaron
muchas de estas palabras para favorecer su pronunciación. Eso ocurrió con
vocablos de origen inglés escritos con "ce" y "ci" como kontzert (concert),
Unitzef (Unicef) y otzelot (ocelot). La incorporación de vocablos
extranjeros permitió que se acuñaran verbos nuevos. Esto se hizo gracias a un
proceso muy sencillo que ahora pasamos a describir: el primer paso consiste en
extraer las vocales y los sufijos -si los hay- del término prestado. Esto se
debe a que todas las palabras en hebreo estás organizadas sobre la base de sus
consonantes, que encierran la idea general. Las vocales no son más que
constituyentes secundarios. De este modo, las consonantes forman la raíz del
verbo en hebreo. Por último, se agregan todos los morfemas necesarios para poder
conjugar los verbos obtenidos. Tomemos, por caso, el verbo "telegrafiar"; estos
son los pasos por seguir para obtener el mismo verbo en hebreo:
1) término prestado: telegrafiar.
2) formación de la raíz: t. l. g. r. f.
Con este proceso se obtuvieron verbos como letarped (torpedear), lephaster
(pasteurizar), lenatrel (neutralizar) y muchísimos otros más.
Junto con muchos términos prestados también se incorporaron muchos sufijos
del latín, muchos de los cuales fueron naturalizados.
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| Por desgracia, la incorporación de vocablos extranjeros también abrió la
puerta a los falsos cognados, esto es, palabras muy parecidas -pertenencientes a
dos lenguas distintas- pero con significado diferente. Así, una bagatela
-vocablo tomado del italiano-es una composición musical sencilla y breve, no una
cosa de poca sustancia y valor. También se encuentran falsos cognados muy
conocidos para quienes dominan el inglés y el español, como el clásico binomio
Geneve(Ginebra)-Génova. De esta mezcla entre términos
extranjeros y vocablos hebreos surgió lo que se conoce como slang israelí. Esta
incorporación desmesurada y casi siempre innecesaria de vocablos extranjeros es
un fenómeno que preocupa a muchos puristas de la lengua, quienes sostienen que,
de persistir, pondría en riesgo la esencia del hebreo. Así, es muy común que en
los diarios israelíes se hable de algún politikai enigmati que impulse la
adoptatzia de medidas para frenar la spekulatzia. Y esta es tan sólo una de
las joyas del hebreo anglosajón. Con todo, nada de lo dicho aquí implica de modo
alguno que se deban rechazar de plano todos los vocablos que se infiltren en el
hebreo. Por el contrario, esta lengua necesita de muchos de ellos para conservar
su vitalidad. Y tal vez no sólo de los términos adoptados: se han estudiado
proyectos para adoptar el alfabeto latino -tal como se hizo en Turquía a
principios de siglo-, ya que su lectura resulta más sencilla que la del alfabeto
hebreo. De todos modos, la evolución de los idiomas es un proceso que escapa a
todas las academias de la lengua. El hebreo no es una excepción a la regla.
Compete a toda comunidad lingüística vigilar en
forma constante el hilo delgado del que penden, por un lado, la necesidad de
incorporar vocablos extranjeros y, por el otro, la necesidad de preservar la
esencia del idioma que la representa frente ante otras comunidades. Cuidar este
detalle va a contribuir, nada más y nada menos, que a preservar la
obra que aquella mañana de 1881 emprendió Ben-Yehudá. Porque sólo una
población con mayor conciencia lingüística
puede acabar con la "ridikulizatzia" (¿se dirá así en Israel?) de este
viejo-nuevo idioma: el hebreo. |